Descripción enciclopédica

Estas palabras son algunas de las que se me vienen la pensar en tí, unas más que otras dependiendo del momento… Sí, lo reconozco, algunas letras han sido muy difíciles, otras, lo difícil era elegir entre varias opciones.

Necesitaba un poco de creatividad para terminar el día de hoy, así que espero que no se te indigeste y disfrutes de este desayuno literario, ya que te prometí que mañana sería buena y… aún no son las doce….

Apasionante:

      1. adj. Muy interesante, que capta mucho la atención.

Brillante:

      2. adj. Admirable o sobresaliente en su línea. 

Cálido:

      1. adj. Que da calor, o porque está caliente, o porque excita ardor en el organismo animal. 

Dulce:

4. adj. Grato, gustoso y apacible.  

Expresivo:

      1. adj. Dicho de una persona: Que manifiesta con gran viveza lo que siente o piensa. 

Firme:

      2. adj. Entero, constante, que no se deja dominar ni abatir.

Generoso:

     2. adj. Que obra con magnanimidad y nobleza de ánimo. 

Honesto:

       4. adj. Probo, recto, honrado. 

Inteligente:

        inteligencia.

(Del lat. intelligentĭa).

 1. f. Capacidad de entender o comprender.

 2. f. Capacidad de resolver problemas.

 3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.

 5.  f. Habilidad, destreza y experiencia.

 6. f. Trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí

Justo:

      1. adj. Que obra según justicia y razón.

Kamikaze:

     2. m. Persona que se juega la vida realizando una acción temeraria.

Lascivo:

       lascivia.

(Del lat. lascivĭa).

1. f. Propensión a los deleites carnales.

2. f. ant. Apetito inmoderado de algo. 

Minucioso:

    1. adj. Que se detiene en las cosas más pequeñas.. 

Noble:

4. adj. Singular o particular en su especie, o que aventaja a los demás individuos de ella.

5. adj. Honroso, estimable, como contrapuesto a deshonrado y vil.

Ñeque:

1. adj. C. Rica, Ec. y Nic. Fuerte, vigoroso.

2. adj. C. Rica. Muy bueno, estupendo, excelente.

Ocasional:

2. adj. Que sobreviene por una ocasión o accidentalmente.  

Peliagudo:

3. adj. coloq. Dicho de una persona: Sutil o mañosa. 

Querido:

     1. m. y f. Hombre, respecto de la mujer, o mujer, respecto del hombre, con quien tiene relaciones amorosas ilícitas.

Robusto:

1. adj. Fuerte, vigoroso, firme.

Sensual:

1. adj. Perteneciente o relativo a las sensaciones de los sentidos.

2. adj. Se dice de los gustos y deleites de los sentidos, de las cosas que los incitan o satisfacen y de las personas aficionadas a ellos.

3. adj. Perteneciente o relativo al deseo sexual.

Travieso:

2. adj. Sutil, sagaz.

3. adj. Inquieto y revoltoso.

Ubicuo:

2. adj. Dicho de una persona: Que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento.

Valiente:

1. adj. Fuerte y robusto en su línea.

2. adj. Esforzado, animoso y de valor. U. t. c. s.

3. adj. Eficaz y activo en su línea, física o moralmente.

4. adj. Excelente, primoroso o especial en su línea.

Weberio:

1. m. Fís. Unidad de flujo de inducción magnética (…).

Xilófago:

1. adj. Zool. Se dice de los insectos que roen la madera.

Yang:

1. m. En la filosofía china, especialmente en el taoísmo, fuerza activa o masculina que, en síntesis con el yin, pasiva o femenina, constituye el principio del orden universal.

Zagal:

2. m. Muchacho que ha llegado a la adolescencia.

Temblores

 

Me tiemblan las piernas, no puedo evitarlo. Llevo horas así. No puedo sacarte de mi cabeza. Tantas sensaciones buscadas, deseadas y encontradas, concentradas en el tiempo y en el espacio, me impiden relajarme. Escribo y recuerdo y, mientras lo hago, un hormigueo revolotea entre mis piernas. Procuro no pensar, pero si no pienso no puedo escribir.

No sabía que se pudiera desear a alguien con tanta intensidad. O tal vez lo sabía, pero no lo recordaba, quién sabe.

Tu coche… con lo incómodo que me parecía y poco a poco le voy cogiendo más cariño. Empañamos los cristales de besarnos,  frotarnos y mordernos. Pierna aquí, pierna allá, los mismos malabarismos de todos los días. Sólo que hoy no hizo falta mucho para caldear el ambiente. Creo te echo mucho de menos cuando llega el fin de semana y éste es el resultado. No me importa madrugar, lo hago incluso con ganas… ganas de verte.

Y eso nos lleva a los viajes en coche que comenzaron de manera relativamente inocente y que han ido caldeándose de una manera fugaz hasta convertirse en una historia tórrida. Besos largos e interminables, besos que se funden en más besos. Manos que recorren manos y lenguas que buscan piel. Así todos los días durante minutos, a veces horas. Pero hoy, después de un buen rato y, cuando parecía que nada podía excitarme más, recostaste mi asiento y empezaste a tocarme. Te lo dije después, pero hubo un momento en que pensé en clavarte las uñas hasta lo más profundo.

Mi deseo tan denso como el ambiente. Tu cuerpo recostado sobre el mío, tocando mis puntos más sensibles. Tú, rozando la piel de mi nuca con tus dedos, mis pechos, mis manos. Tu lengua entre mis labios, sensual, atrapándome entre tus redes… y, para mayor libertinaje mental, mi lado exhibicionista ligeramente alterado por la situación: rodeados de gente y, al mismo tiempo, solos en nuestro mundo.

Me apetecía quedarme allí toda la eternidad. Tú no te veías, pero estabas impresionantemente atractivo. Los dos acalorados, sudorosos, con la ropa arrugada y descolocada y el rostro ligeramente desencajado. ¿Cómo no voy a desearte? Esa intensidad, esa simbiosis -en tus propias palabras-, no se encuentra todos los días.

La luz. Esa misma luz que veías reflejada en mí era la que yo veía en tu cara. Creo que me puso más el pensar que no te podía arrancar la ropa que si lo hubiera hecho de verdad. Aunque suene redundante, me excitaba tanta excitación. Me dejé llevar, aunque no quería. Siempre con el tiempo en la cabeza. ¡Cuidado, que se agota!.

Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Te deseaba más que antes, mucho más. No quería parar, quería más sin querer más. El cigarro no me apaciguó, más bien todo lo contrario. Te veía tan cerca y al mismo tiempo tan lejos… Me costó irme. Mucho. Maldito tiempo…

Me doy cuenta de que soy inconexa, pero no puedo evitarlo, me siento inconexa… demasiadas emociones…

Te daré lo que necesites, no lo que mereces

 

"Es lo que hay". Creo que nunca me había dicho estas palabras tantas veces y con tanta fuerza. Intento que se graben en mi mente, que se mantengan perennes para no perder el poco de cordura que aún me queda. Me lo digo con estoicismo, con convicción, pero lo siento con cierto amargor de impotencia y rabia.

Lo que hay es la vida, los compromisos, las obligaciones, poniendo freno a mis emociones, encerrándolas en un círculo que cada vez se estrecha más, poniendo entre la espada y la pared a mi corazón y mi sentido común.

También hay más cosas. Sobre todo deseo, mucho deseo. Un deseo que trasciende más allá de lo físico o meramente sexual. Deseo de estar contigo, no importa cómo, ni dónde. Tampoco me importa el por qué, o por cuánto tiempo hasta que, irremediablemente, se termina. A veces nuestros encuentros resultan ínfimos, otras escasos, siempre intensos pero, lo que es irrebatible es que me saben a poco.

En ocasiones me tiemblan las piernas al pensar en ti. Otras, sólo con recordarte se me eriza la piel y, por instantes, siento que estás a mi lado. Te huelo, te oigo… pero no estás y sin embargo sí estás, como ahora… (me resulta difícil dejar de pensar en ti).

"Porque eres mía porque no eres mía", decía Benedetti en Corazón Coraza. Y así es como me siento, dividida en dos realidades, la de mi corazón y la de la coraza que me protege, la que también siento que te arropa a ti. La coraza de la seguridad, de la tranquilidad, de lo conocido, de lo querido, de lo que ha supuesto mi vida estos últimos años. Una coraza que me mantiene contenida, dándote tan sólo lo que necesitas, no lo que realmente mereces.

Detector II

 

Si sentir cómo sus ojos te miran o cómo se estremece con sólo tocarte consigue que te olvides de todo lo que te rodea y  hacer que sólo quieras estar con él, estás perdida…

Si cuando te acaricia desapareces del mundo, si cuando sientes su respiración cerca de tí cierras los ojos y lo único que piensas es en que se pare el tiempo, es que tus emociones se han disparado…

Pero si después de horas de intensidad aún quieres más y, a la mañana siguiente todavía no consigues sacarlo de tu cabeza, es que realmente le deseas…

Detector

 

Ayer descubrí la forma de saber si realmente deseas a alguien. Es una prueba muy sencilla: cierra los ojos y toca su piel con la yema de tus dedos, sin que ella te toque.

Si la piel que se pone de gallina

es la tuya

es que la deseas

sin lugar a dudas.

 

Besos

 

No podía imaginar que volvería a disfrutar tanto de los besos. Los besos suelen ser de las cosas que se van perdiendo con el paso del tiempo cuando tienes una relación estable. Cada vez son menos intensos, más formales, se espacian entre si y sólo se concentran en momentos muy concretos. Al menos ha sido mi caso y lo que observo en mis amigos.

Ahora disfruto de nuevo besando, de hecho voy buscando la más mínima oportunidad para encontrar su boca. Besos rápidos, besos apasionados, besos con sabor a sexo, café o tabaco, besos en posturas forzadas, besos invertidos, besos cálidos, besos sutiles… Muchas clases de besos, y en todos ellos condenso mi deseo.

Si hace unos meses alguien me hubiera asegurado que iba a estar más de una hora seguida besándome con una mujer le hubiera dicho que estaba loco. Pero ahí nos tienes. Y una hora se hace corta. He besado (y me han besado) más en los dos últimos dos meses, que en los tres años anteriores. Ese es el hecho.

A veces la parte racional me dice: "sois adultos, tenéis recursos suficientes como para no estar metidos en este coche cómo si fuerais dos adolescentes". Y acto seguido mando a la mierda a ese pensamiento. Me gusta sentir esa impaciencia y tensión. Me gusta poder demostrarle lo que la deseo sólo con mis besos. Irse a algún sitio y quitarse la ropa es lo más fácil, pero, ¿por qué esa impaciencia?.

Quizás sea un bicho raro, pero no quiero dejar de tener esos momentos, aunque a veces piense que voy a estallar…

Las palabras que te dedicaría

 

No sabía muy bien si escribir esto o no. No sabía si sería una provocación o tal vez una decepción. No sabía si debía hacerlo o no, pero mi cuerpo y mi mente me piden que lo haga. Lo necesito. Supongo que tanto tiempo de represión mental me ha llevado a esto. En cuanto he tenido tiempo de colocar mis ideas, me han salido las ganas de soltarlas.

La primera vez que escribí acerca de ti, no sabía muy bien qué poner porque te conocía poco. Ahora, que no te conozco bien pero creo que sí bastante más, se me ocurren demasiadas como para saber por dónde empezar.

¿Sabes? Después de hablar contigo hoy, busqué en el diccionario de la RAE la palabra enamorar. La primera acepción me encantó: "Excitar en alguien la pasión del amor." Una definición que encaja a la perfección con lo que tu presencia ha provocado en mí: que me excitaras en la pasión del amor.

Tienes la capacidad de darme lo que necesito en el momento exacto. Lo que necesito de ti. Tu generosidad a veces me abruma. No sé cómo consigues sacar tiempo para todo, y eso hace que te admire muchísimo y, al mismo tiempo, me sienta muy halagada. Hacía tiempo que nadie deseaba tanto mi compañía como para hacer esa clase de malabarismos. Y me admira más aún cómo puedes mantener la cabeza tan apartada de otros pensamientos como para poder darme tantos buenos momentos, aunque a tí te parezcan pocos.

Me asusta sentir algo tan fuerte. Me asusta hacer daño. Me asusta hacerme daño. Pero es cierto, mis sentimientos son demasiado poderosos para contenerlos. Al mismo tiempo, me encanta poder compartir contigo las cosas que me gustan. No me siento inferior hablando contigo de música o de literatura. Conocemos cosas distintas y siento que satisfaces mis ansias eternas de conocimiento. Soy como una esponja, ávida de disfrutar del aprendizaje y no me avergüenza reconocer que no sé de alguna cosa.

Tu mente me cautiva. Tu forma de analizar y sopesar las cosas, de intentar verlas desde todos los ángulos, me demuestran tu inteligencia. Me tienes impresionada. No es fácil impresionarme. Para ciertas cosas estoy de vuelta de todo. Me haces pensar, jugar conmigo misma y me encanta. Es difícil encontrar personas de las que puedes decir que deseas su mente.

Tu cuerpo me seduce. No sé si eres consciente de ello, pero a veces me paralizas, porque das el paso exacto en cada instante. Es como si estuvieras en mi cabeza. Tus caricias, medidas y desmedidas. Tus besos, tus anhelados besos, que en ocasiones hasta me marean. Simplemente tú, tu mirada clavada en la mía, tu cuerpo junto al mío, tus labios en los míos… me estremecen.

Estar junto a tí es como estar viendo un amanecer. Me gustan tus múltiples personalidades, porque demuestran que piensas, que eres coherente, sensitivo, racional pero emocional al mismo tiempo, que te planteas las cosas y no las dejas al azar. Buscas el equilibrio y eso permite que estar contigo me resulte tan sencillo, aunque a veces puedas sentirte en un caos absoluto.

Me excita sentirte y que me sientas porque inundas mis sentidos y me colmas de emociones tan dulces como intensas. Cuanto más te conozco, más deseo conocerte. Cuanto más estoy contigo, más me apetece estar contigo y más siento la necesidad de llegar hasta lo más profundo de tí.

En ocasiones me dejas sin sentido, siento que voy a estallar. Demasiada complicidad. Demasiadas emociones intensas. Demasiadas pasiones. Y, sin embargo, demasiado pocas. La balanza, siempre equilibrándose, para que la situación no desborde y sigamos manteniendo el equilibrio en la cuerda floja.

Rebosas energía. Lo haces desde el anonimato, escondido tras una pantalla, o tras una máscara de House. Pero tu cabeza es un hervidero. Eso me encanta de ti, es de lo que más me gusta. Que cultives tanto tu mente. Que sepas deleitarte con los pequeños placeres de la vida que al final no son tan pequeños. Y me cautiva poder compartir algunos de esos pequeños momentos contigo.

Abrir los ojos y verte a mi lado supuso ser consciente de qué estaba haciendo, hasta qué punto había decidido dejarme llevar, hasta el final y con todas las consecuencias. Y luego tus palabras. Como un hachazo, dejándome de hielo, diciéndome justo lo que no me hubiera gustado escuchar. La confirmación de mis propios pensamientos.

Hay que ser muy valiente para decir lo que se piensa. Muchas veces es muy duro de decir y/o de escuchar y siempre trae consecuencias. Quedan pocos hombres como tú, por eso deberías sentirte más orgulloso de ser como eres, y de dudar, porque eso significa que te planteas las cosas y que no te dejas llevar por lo más cómodo.

Tus virtudes eclipsan tus defectos; tus fallos se ven ampliamente compensados por tu generosidad y dedicación; tus dudas se me antojan racionales y admirables; tu sinceridad me abruma y me mantiene en la realidad; y tus besos y tus caricias me hacen perder el sentido.

Me gustas tal y como eres y por quién eres. Me gusta lo que no me gusta  de tí porque forma parte de tí, porque si no no serías tú y no me gustarías. Me gusta poder ser yo cuando estoy contigo y sentirme tan cómoda. Me gusta lo que me dices y lo que te digo. Me gusta ser sincera y que seas sincero conmigo, que podamos compartir nuestros pensamientos. Me gusta gustarte y que me gustes. Me gusta desearte y sentirme deseada. Y me gusta compartir mis sentimientos contigo… Me gustas…

 

¿Incoherencia? (II)

 

"Joder, si alguna mujer me dedicara esas palabras, creo que no la dejaría marchar nunca". No puedo parar de darle vueltas a esa frase, escrita en quién sabe qué estado anímico.

Me parece una frase muy peligrosa. Si no fuera cierta, sería un claro ejemplo de insinceridad. Si lo fuera, me estaría diciéndo qué tengo que hacer para tenerlo cerca. Demasiado poder para una sola frase.

Pienso demasiado. No puedo evitarlo. Todo esto me desconcierta. Hay veces que me dejas sin respiración. Creo que si te acercas más a mí, podrías quemarme. Pero, por otro lado, me gusta jugar con fuego si hay detrás de ello un motivo que merezca suficientemente la pena como para correr el riesgo.

Pero esto a veces me sobrepasa. Demasiado intenso y, al mismo tiempo, demasiado sometido a estrictas limitaciones. Me asusta querer más de la misma manera que me asusta alejarme. Mi cabeza se divide en dos. Una parte de mí me dice que querer más puede hacerme daño y, la otra, que alejarme, a corto plazo, me hará daño. Así que tengo dos opciones, quedarme y a lo mejor sufrir, o marcharme y sufrir. La elección está clara, pero aún así a veces me provoca cierto desasosiego desagradable.

Algún día te escribiré las palabras que te dedicaría. Sólo es cuestión de tiempo.

¿Incoherencia?

 

Son casi las 5 de la madrugada. Llego a casa, después de una noche cuyo final preferiría olvidar. Enciendo el ordenador. Necesito escribir lo que he vivido de espectadora. Entro a revisar mis correos y mi blog personal. Me percato de que Jon ha escrito un comentario a uno de mis posts y se me olvida lo que quería escribir. En realidad, no se me olvida, sino que me parece frugal comparado con lo que se me ha ocurrido ahora.

"Joder, si alguna mujer me dedicara esas palabras, creo que no la dejaría marchar nunca", escribe en respuesta a mi escrito del 4 de septiembre, antes de conocerle en profundidad, antes de que cambiaran muchas cosas en mi vida. Antes de que decidiera que tenían que cambiar.

No reconozco mi post. No reconozco mis palabras. Tampoco mis sentimientos, ya no están. A día de hoy, no sería capaz de escribir algo así. Ya no lo siento. Me siento triste, pero igual es porque estoy borracha, bastante borracha, de hecho, y bastante cansada. No podría decir que estoy enamorada. Al menos no de la persona a la que dediqué ese post.

Una de las frases que decía era "saber que me quiere ya es bastante aliciente para levantarme cada día". No me quiere. Ahora lo sé. No al menos de la manera en la que yo espero. Lo curioso es que en estos momentos no me importa.  ¡Qué ingenua he sido pensando que las cosas cambiarían!

Me gusta Jon. Mucho. Muchísimo. Tanto que me empiezo a plantear si no sería mejor dejar las cosas como están. Pero no puedo. Creo que siento por él más de lo que debería, o de lo que quise en su momento. Pero no puedo evitarlo…

Me voy a dormir, se me cierran los párpados. Igual esto es una incoherencia, pero no me importa.

Mañana será otro día.

zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

Demasiado placer al recordarlo

 

300 y pico kilómetros queriendo huir de todo, pero mis compromisos vienen conmigo en este viaje, aferrados a mí. Malditos compromisos.

Por fin el hotel de segunda opción. Mi cuerpo y mi deseo piensan: "quiero meterme en la cama con ella", mi mente racional pronuncia: "¿quieres comer algo?". Afortunadamente ella sabe cuando poner las cosas en su sitio. El encuentro fue un poco precipitado, demasiada tensión acumulada y, de nuevo, poco tiempo. Salgo de allí con las piernas temblando. Con la mente temblando.

No me puedo dormir a pesar del cansancio, quiero dormir rápido para volver a verla, pero pensar en volver a verla me desvela. Cojo el libro de Benedetti que me ha regalado, está en mis manos cómo excusa para pensar en otra cosa, pero es peor, mucho peor. Benedetti sabe cómo decir las cosas.

El resto de lo que recuerdo son imágenes atropelladas: su sonrisa, su pícara sonrisa, su sonrisa franca, su sonrisa (a veces) evasiva. Imágenes de mis dedos sobre su piel, su cuello, su cara, su espalda, en su vientre, en sus piernas. Mis dedos que no se cansan de acariciar. Imágenes de su boca, mi boca, besando, chupando, mordiendo… sólo con eso me dejaba sin respiración. A veces me tengo que apartar de ella,

"¿Te alejas?" - me pregunta -.

"Claro, cómo no voy a alejarme, eres demasiado intensa, la excitación me gana" - pienso -. Pero contesto: "".

Aún me cuesta decirle las cosas tal y como las siento.

Mi cuerpo pegado al suyo, el calor, el sudor, la humedad. Las horas pasan y los dedos siguen tocando, empujado, apretando, tirando. Mi mente busca excusas inverosímiles para darle aire a mi cuerpo: "tengo hambre", "paseemos", "tengo sed". Da lo mismo, los besos nos persiguen por las calles y mis dedos no dejan de tocarla allá donde vayamos. Me envicia. Nos dormimos tarde y sin dejar de estar en contacto. Yo la busco por la cama y ella me busca a mí.

A esto le sigue un día de agujetas en los brazos y de compromisos absurdos. Malditos compromisos.

Después, otro día de intensidad diferente, paisajes que nos entusiasman y relajan. Conversaciones que nos distraen, pero, no pasan muchos minutos entre los besos que nos seguimos dando. Más placer, esta vez con una comida sin pretensiones y un vino que nos hace disfrutar. Muchos más paisajes en los que perderse. Paramos al borde de un precipicio y nos ponemos a despeñar piedras, arrojándolas con fuerza. Quizás sea una imagen de lo que nos gustaría hacer con los pensamientos que nos molestan.

Al final la impaciencia me puede y vuelo por las carreteras con mi coche. Necesito volver a tocarla con calma. Más besos, más caricias interminables y mi cabeza saturada de nuevo. Una nueva excusa para tomar aire "salgamos a tomar una copa", ella accede porque sabe que lo necesito. Cena frugal y copa en un bar tranquilo regada con besos. También a ella le persiguen algunos compromisos hasta ese bar. Pero da igual, de nuevo estamos solos y por fin relajados. Ya no necesito aire. Me aprieto a ella, la busco e incrementamos la intensidad de todo: besos más intensos, abrazos más intensos, por fin dejándome llevar. Sus blancos dientes mordiendo mi dedo índice. Y el sueño que nos pudo.

Un último día de miradas tristes, de sonrisas tristes, de besos contenidos, de compromisos inminentes. Malditos compromisos.

Ahora me asalta la misma congoja que a Rebeca, pero no quiero pensar en ello. Nos funciona bien no pensar las cosas demasiado, así que me limitaré a recordar lo que ha pasado mientras espero volver a verla sentada en esa silla vacía.