Sabor a ti

 

Es difícil describir un sabor y, más aún, transmitir a qué sabe el cuerpo de alguien. ¿A qué sabes? No lo sé, no me importa, no me preocupa… Sólo sé que me excita enormemente recorrerte con mi lengua, con mis labios, quedarme con ese recuerdo y aprovecharlo en mis momentos de soledad y ensimismación. Degustarte, paladearte, disfrutarte… forman ahora parte de mi vida y me gusta.

Cada vez que tus labios se posan sobre los míos, siento tu sabor clavado en mi boca, penetrándome. Tu sabor, que me persigue, agrada y altera. Tu sabor, cálido, despertando todos mis sentidos.

No sé si lo haces a propósito. Por si no tuvieras suficiente con dejarme tu olor y torturarme con el roce de tu piel, está también tu sabor, clandestino, fijándose en mis recuerdos.

No quiero pensar, no quiero hacerme preguntas ni que me las hagan, sólo quiero quitarte la ropa y saborearte con calma…

15 segundos

 

15 son los segundos que transcurren desde que se cierran las puertas hasta que se vuelven a abrir.

15 segundos para buscar unos labios, una sonrisa, una mirada. 15 segundos para percibir su deseo y demostrarle el mío. 15 segundos en los que me provoca y me excita. 15 segundos para sentir su piel en mis dedos, para acariciar su cuello, su espalda, su cara. 15 segundos para rodearla con mi brazos y acercarla a mi.

15 segundos a hurtadillas, sin relajación posible, temiendo ser sorprendidos. 15 segundos que cada día se apuran más. 15 segundos que animan el día y lo sacan de su rutina absurda. 15 segundos que estresan por su brevedad, pero 15 segundos que no me canso de disfrutar. 15 segundos que algunas personas sin escrúpulos a veces parten por la mitad. Y 15 segundos frustrantes si no los pasamos a solas.

15 segundos, a todas luces, insuficientes.

15 segundos, a todas luces, excitantes.

Tacto

 

El tacto es un sentido múltiple. Es decir, por un lado sientes el tacto de la otra persona, por otro, las reacciones de tu propia piel con su contacto  y, por último -aunque todo al mismo tiempo- la sensación de la fusión de ambos tactos. Me sorprendió tu delicadeza. Quizás la falta de costumbre, pero sentía cada uno de tus roces como una leve caricia que me recorría todo el cuerpo. Tu piel se me antojaba suave, firme, sugerente, sensual… La mía se estremecía con cada movimiento.

Nuestro primer contacto estuvo marcado por el tacto. Primero, un ligero acercamiento. Después, tus manos se posaron sobre mis hombros. Pensé que eran cálidas y me mantuve expectante, esperando el siguiente paso. Estaba un poco tensa, pero aún así, me gustaba sentirlas. Es curioso comprobar cómo percibir el leve roce de la yema de tus dedos sobre mi piel me llenaba de sensaciones. Sin prisas.

Después llegaron tus labios. Mucho más suaves aún que tus manos. Los esperaba distintos, más rudos y resultaron sutiles y humectantes. Me dejé llevar por un mundo lleno de sensaciones. Me gustó tocarte, me hubiera pasado así horas, sin preocuparme del tiempo ni de obligaciones. Mis labios sobre tu cuello, tan sugerente…

Sólo recordar lo que me provocó tu cuerpo me remonta una noche en blanco en mi vida…Te fuíste dejándome el tacto de tu cara sobre la mía. Ligeramente áspera y al mismo tiempo suave, como todo en tí. Difícil mantener la calma con tanto estímulo.

Pánico

 

Me senté a escribir con una idea en la cabeza, pero no puedo escribirla. Es decir, claro que uedo, tengo bien definido qué quiero decir, cómo y por qué. Pero hay otra cosa que me bulle en la cabeza y tengo que soltarla.

¿Por qué en un momento dado sientes más cercano a ti a a alguien que acabas de conocer que a la persona con la que llevas compartiendo los últimos años? Y me refiero, ¿es la distancia con una persona la que provoca que te abras a conocer a otras, o es el conocer a otras lo que genera distancia con tu pareja? Más aún, ¿qué pasa cuando un soplo de aire fresco te abre los ojos y te hace ver que la distancia lleva ahí mucho tiempo?

Jon, como buen elemento masculino y simplificador que es, resume esta cercanía como simbiosis. Algunas de mis amigas, un poco bichejas, lo definen como química. Pero para mí es consecuencia de una crisis, el resultado de una situación en la que no se sabe lo que va a pasar.

¿Qué ocurriría si ahora deshojara una margarita? Es decir, si verdaderamente las margaritas pudieran predecir si "me quiere" o "no me quiere", ¿sabrían la respuesta? Es más, ¿la sabe él? Se suponía que hace unos días tenía que haberme dicho algo, pero no parece por la labor.

Y mientras en ocasiones me como las uñas a causa de la incertidumbre, en estos momentos me estoy preguntando si yo misma no me estaré aprovechando de su cansancio, su alejamiento y las circunstancias para evitar una respuesta que no desearía escuchar.

Estoy un poquito acojonada…

 

Cyrano

 

Hace unos días comentaba con Rebeca que me había obsesionado hace unos años con Cyrano de Berçerac, de Edmon Rostand, le contaba que había leído el libro unas cuantas veces. Siendo sinceros he de reconocer que lo que primero me gustó fue el Cyrano de Gerard Depardieu, pero después de verla me compre el libro y una versión anterior de la película.

Y es que últimamente he estado pensando que tengo algo en común con la historia. Al fin y al cabo se me da mejor estar detrás, escribiendo las palabras, que no pronunciándolas con la boca. Y es que cuando escribo las palabras fluyen con facilidad por mi cabeza, me siento capaz de hablar sobre cualquier cosa (cuan Cyrano), pero cuando la tengo delante las palabras se atascan sin remedio en la cabeza, soy torpe, y me cuesta hilar las frases (cuan Christian).

Por otro lado, hay que recordar que Christian era un hombre aguerrido, que desataba el lado "pasional" de Rosana, y que Cyrano era el hombre "delicado", que cautivaba su mente. Donde habré oído yo eso.

En mi opinión, Cyrano y Christian son en realidad la misma persona, un hombre que es atrevido y locuaz cuando fuma y le estimulan, pero que cuando tiene delante el estímulo, se vuelve algo torpe.

Debería ver la película con Rebeca.

 

Olor

Me desperté con su aroma impregnado en mi cuerpo. Cuando fui consciente de ello, me di cuenta de que estaba sonriendo. Me quedé en el sofá disfrutando de su olor mientras hacía un excitante repaso por la noche anterior. Me encantó.

Su olor es como él, probablemente por eso me guste tanto. Es cálido, amigable, lascivo, intrigante y personal. Es seductor sin llegar a ser obsceno, erótico sin sobrepasar la línea de lo pornográfico y respetuoso sin ser timorato.

Pensar en su olor me hace recordar irremediablemente su piel rozando la mía, sus labios sobre mi cuerpo, sus ojos clavados en los míos…

 

¿Y por qué ahora sí?

 

Esa parece ser la pregunta de la semana, y desde que la oí salir por su boca no deja de asaltarme de vez en cuando. De primeras siempre la intento evitar, no pensar en ella, ya que a esa pregunta seguirán otras. Pero a veces me encuentro inconscientemente pensando en ello y, la verdad, no he llegado a ninguna conclusión.

Lo mejor de todo es que no me preocupa en absoluto, aunque la pregunta insista en volver. Quizás la insistencia es debida a que durante mis últimos 12 o 15 años he sido siempre un hombre al que le gusta tener todo bien analizado: ¿por qué te gusta esto?, ¿por qué piensas eso?, ¿por qué motivo haces eso?, siempre sopesando, previendo, analizando las consecuencias presentes y futuras.  Pero ahora me encuentro con que algo en mi cabeza me dice: "da igual", y le estoy haciendo caso.

Ese algo estaba adormecido, atrofiado de no usarlo, pero se desperezó primero con una sonrisa preciosa, luego se estimuló con una interesante personalidad, pasó a excitarse con un cuerpo voluptuoso y por fin entró en órbita al sentir unos labios, una piel, un sabor y unas sensaciones que hacía tiempo (demasiado tiempo) no percibía.

De todas formas ese algo aún tiene trabajo, es muy difícil librarse del corsé que he ido fabricando. Y aunque no tengo una garantía de que esto vaya a durar mucho, no tengo prisa, me gusta saborear las nuevas sensaciones sin agobios.

Sólo hay una idea en mi cabeza que me impide disfrutar plenamente: No quiero hacerla daño

Esto es lo más personal que he escrito nunca, es otro de los efectos secundarios que ella ha provocado en mi cerebro. Y qué queréis que os diga, es perfecto.

P.D.: La 2ª acepción de la RAE de voluptuoso es genial: "Dado a los placeres o deleites sensuales"

Placer

 

Tengo tantas cosas en mi cabeza que siento que me va a estallar. El problema está en que no sé cómo ordenarlas para escribir esto. Contaría muchas cosas y, al mismo tiempo, no contaría ninguna. Son muy personales, tanto que a veces siento cómo se enciende mi interior. Unas veces con rabia, pocas con dolor, algunas con alería y, cada vez más, otras con placer.

Placer. Me había olvidado de esa palabra. Hacía tanto tiempo que no sentía cómo alguien me acariciaba, me decía cosas bonitas, me besaba, que sólo deseaba que se parara el tiempo para mantener esa sensación. Es de las pequeñas cosas que en el fondo son enormes. Disfrutar de un beso, sorprender y ser sorprendidos, intimidar y ser intimidados. Es el pequeño juego de la seducción que la mayor parte de las ocasiones en las parejas se pierde por dejadez o monotonía. Y ahí estaba yo.

Me sentía sumida en ese hastío existencial en el que la desidia y la comodidad te acaban pudiendo. Me faltaban estímulos, pero, sobre todo, no permitía que entraran nuevos elementos estimulantes a mi vida. Siempre he sido hiperactiva, mil cosas al mismo tiempo, todas a la perfección o casi, claro, porque hacer por hacer es tontería. Meses y meses durmiendo 3-4-5 horas al día para hacer cosas que me gustaban.

De repente, parte de esas cosas desaparecieron. Las eché en falta, pero cuando otras empezaron a desaparecer también, por extraño que parezca, apenas me percaté. Me fui dejando hasta que, un día, desperté y me dí cuenta de que necesitaba volver a ser yo. Vale, un yo muchas veces agotado, pero feliz, alegre, activo. El yo que disfruta cada momento como si fuera el último.

Blindarse evita preocupaciones, pero resta chispa a la vida. Desde que viví la muerte de uno de mis grandes amigos, empezó en mí un cambio radical. Y un día me dí cuenta de una cosa: "quiero vivir". Estoy cansada de que la gente me diga qué debo hacer o qué es lo mejor para mí. Yo sólo quiero vivir y ser feliz.

Me faltaba aún algo para lograr mi objetivo. Una persona que me aportara un punto de vista diferente, que no supiera de mí más que lo que yo quisiera. Y ahí estaba él. Sonriéndome en la clandestinidad. El estímulo que necesitaba. Una persona brillante de mentalidad juguetona. No sé cuándo, ni quiero plantearme el por qué, pero un buen día, le abrí las puertas a mi vida. Recuerdo que al poco de conocernos, le dije algo así como "si me he enamorado de tí, tenemos un problema". Lo cierto es que no, no estoy enamorada, pero me hace sentir tan bien … sólo mirarlo me sume en un mar de sensaciones.

Me gusta tanto que me aterra que pueda llegar el día en que tenga que decirle "lo siento, me estoy pillando de tí y eso me puede traer problemas"… tal vez no sea muy sutil, pero al menos es sincero.

Es duro

 

Es duro cuando el deseo entra de lleno en tu vida y tener que controlarte.
Es duro tener en la cabeza cosas que quieres decir ahora, pero que no puedes por un acuerdo tácito.
Es duro tener que buscar a escondidas su sonrisa, cuando deseas que te la brinde a ti directamente.
Es duro tener tanto trabajo cuando tu cabeza sólo piensa en unos labios, una piel, una mirada…
Es duro pensar en la próxima vez que nos podremos ver a solas, cuando tu vida está tan condicionada.

Es duro y amargo, pero siento que esto incrementa mis sensaciones.

Espero que escribirlo tranquilice mi mente y me pueda concentrar.

Afú

 

Son las 8 de la tarde. Una amiga me pregunta qué me voy a poner esta noche. Le digo que no tengo ni idea. En realidad, ni siquiera he terminado de recoger la casa. No es que me quede mucho, pero la pereza y la desidia muchas veces me pueden. El caso es que he quedado con Jon para picotear algo e ir a un concierto y me siento un tanto inquieta. Curioso para ser yo, sólo un tanto inquieta y no inquieta del todo. Vamos mejorando.

Nunca he sido especialmente presumida, y siempre  que decido qué me voy a poner según abro el cajón y digo… ah, esta camiseta está limpia, venga, me la pongo. Ante todo, busco la comodidad y, detrás de ella, la estética. Sé que no debería ser así, pero yo soy así.

Pero el problema no es realmente no saber qué me voy a poner o no, sino ¿qué quiero? Y entonces entramos en el entramado de problemas que no son un problema pero que en el fondo sí que lo son. No saber qué ponerme es mucho más fácil de resolver que todo lo que me pasa por la cabeza en estos momentos.

En fin, pensaré en mi madre: "Si el problema tiene solución, no es un problema. Si no la tiene, ¿para qué te preocupas?"

Me voy a recoger.