Tengo tantas cosas en mi cabeza que siento que me va a estallar. El problema está en que no sé cómo ordenarlas para escribir esto. Contaría muchas cosas y, al mismo tiempo, no contaría ninguna. Son muy personales, tanto que a veces siento cómo se enciende mi interior. Unas veces con rabia, pocas con dolor, algunas con alería y, cada vez más, otras con placer.
Placer. Me había olvidado de esa palabra. Hacía tanto tiempo que no sentía cómo alguien me acariciaba, me decía cosas bonitas, me besaba, que sólo deseaba que se parara el tiempo para mantener esa sensación. Es de las pequeñas cosas que en el fondo son enormes. Disfrutar de un beso, sorprender y ser sorprendidos, intimidar y ser intimidados. Es el pequeño juego de la seducción que la mayor parte de las ocasiones en las parejas se pierde por dejadez o monotonía. Y ahí estaba yo.
Me sentía sumida en ese hastío existencial en el que la desidia y la comodidad te acaban pudiendo. Me faltaban estímulos, pero, sobre todo, no permitía que entraran nuevos elementos estimulantes a mi vida. Siempre he sido hiperactiva, mil cosas al mismo tiempo, todas a la perfección o casi, claro, porque hacer por hacer es tontería. Meses y meses durmiendo 3-4-5 horas al día para hacer cosas que me gustaban.
De repente, parte de esas cosas desaparecieron. Las eché en falta, pero cuando otras empezaron a desaparecer también, por extraño que parezca, apenas me percaté. Me fui dejando hasta que, un día, desperté y me dí cuenta de que necesitaba volver a ser yo. Vale, un yo muchas veces agotado, pero feliz, alegre, activo. El yo que disfruta cada momento como si fuera el último.
Blindarse evita preocupaciones, pero resta chispa a la vida. Desde que viví la muerte de uno de mis grandes amigos, empezó en mí un cambio radical. Y un día me dí cuenta de una cosa: "quiero vivir". Estoy cansada de que la gente me diga qué debo hacer o qué es lo mejor para mí. Yo sólo quiero vivir y ser feliz.
Me faltaba aún algo para lograr mi objetivo. Una persona que me aportara un punto de vista diferente, que no supiera de mí más que lo que yo quisiera. Y ahí estaba él. Sonriéndome en la clandestinidad. El estímulo que necesitaba. Una persona brillante de mentalidad juguetona. No sé cuándo, ni quiero plantearme el por qué, pero un buen día, le abrí las puertas a mi vida. Recuerdo que al poco de conocernos, le dije algo así como "si me he enamorado de tí, tenemos un problema". Lo cierto es que no, no estoy enamorada, pero me hace sentir tan bien … sólo mirarlo me sume en un mar de sensaciones.
Me gusta tanto que me aterra que pueda llegar el día en que tenga que decirle "lo siento, me estoy pillando de tí y eso me puede traer problemas"… tal vez no sea muy sutil, pero al menos es sincero.
Escrito a las 0:23 por Rebeca en
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