El fin de los sentidos o el sinfín de sensaciones… el poder del sonido

  • Te oigo respirar, alterado, junto a mi oído. Me excita escucharte así. Es como el sonido del mar cuando las olas lo vuelven desapacible. Me gusta porque sé lo que viene después. Eres silencioso en general y, precisamente por eso, cada uno de los pequeños ruidos que salen de tu boca se convierte en apasionante para mí. Jadeas, gimes tímidamente y, bastante a menudo, suspiras.
  • Tú suspiras, yo suspiro, nosotros suspiramos. ¡Cuánto significado en cada suspiro! Suspiros de deseo en su mayoría. Suspiros de y con ansiedad. Suspiros que significan cosas unas veces descifrables y otras muchas encriptadas. Pero siempre, suspiros que me provocan y provocan reacciones en mí.
  • La fricción de nuestros cuerpos también produce sonidos. Más livianos, difícilmente perceptibles en ocasiones y otras más contundentes. No sueles ser muy hablador, pero ayer, cuando me pedías que te mordiera más fuerte, me ponías como una moto.
  • El agradable silencio después de la tempestad también me resulta muy atractivo. Me acurruco junto a ti. Me gusta, con tu respiración aún alterada, escuchando los latidos de tu corazón, feliz, sonriente y sin necesidad de palabras. Algunas veces la gente menosprecia los silencios porque los considera incómodos. Sin embargo, disfrutar de un silencio puede llegar a ser tan importante como deleitarse con la mejor obra de jazz. Muchas veces, en la tranquilidad de ese silencio, me quedo dormida hasta que tu voz me saca de mi sueño. Y no lo cambiaría por nada del mundo. Aunque sea para irte, me encanta abrir los ojos y que estés ahí, como si hubieras estado velando por mi bienestar.
  • Te debo tocarte algo, y quiero hacerlo. Quiero que oigas esa parte de mí. No sé si te gustará o no, porque yo estoy torpe y mi piano está desafinado, pero seguimos siendo yo y mis teclas. Quiero enseñarte más de mi, que me oigas más, que me sientas más. Al fin y al cabo, el oído es, de los cinco sentidos, uno de los más importantes, por no decir el que más…

(Todo lo que mis cinco sentidos perciben de ti es maravilloso)

Veo, veo. ¿Qué ves?

 

Mis fantasías contigo suelen empezar con una de tus miradas. No sabes -o, mejor dicho, sí sabes-, los estragos que llegan a causarme. Tienes un catálogo muy surtido: pasionales, juguetonas, retadoras… Y, aunque muchas son aún un misterio para mí, todas y cada una de ellas consiguen provocarme.

A  veces siento cómo me miras y evito mirate. Otras, sin embargo, me gusta levantar la vista y que estés ahí sonriendo, como un diablillo al que no le importa nada que le hayan pillado haciendo una travesura. Algunas de tus miradas hacen que me asalten deseos de levantarme y besarte hasta la saciedad. Y otras, sin embargo, me intrigan tanto que desearía estar dentro de tu cabeza.

Sin embargo, debo reconocer que me gusta el juego. Cada mañana me levanto y, al quitarme la ropa para meterme en la ducha, ya empiezo a pensar qué me voy a poner. Debo confesar que me pongo de lo que se me pasa más por la cabeza y más me apetece lo que creo que más miradas puede provocar en tí. No olvido mi vena práctica, pero sí, cada pienso más en "seducirte".

Tus miradas son demoledoras, tal vez por eso me cuesta tanto mantenerlas. Son directas, no se esconden. Son firmes, se mantienen pase lo que pase. Son de una seguridad aplastante. Y consiguen intimidarme. A veces siento cómo van más allá de mis ojos y se meten dentro de mis pensamientos…

Hoy te dije que tus ojos brillaban. Y es verdad, lo pienso, tu mirada resplandece. No siempre, obviamente, pero sí con bastante frecuencia. Y esa es una de las cosas que me hace suspirar. A veces, te miro y me doy cuenta de que te estoy mirando con deseo.

Me complace mirarte, aunque la mayoría de las veces lo haga de reojo y tímidamente. Ahí me ganas, yo me ruborizo con facilidad y hay ciertas cosas que me provocan bastante apuro. Aún así te miro, brevemente, cada vez que me apetece y tengo ocasión, y, sin lugar a dudas, cada vez con más frecuencia.

Me gusta ver tu cara afeitada o sin afeitar,  e imaginarme su tacto sobre mi piel. Me gusta mirar cómo te vistes porque tu cuerpo me resulta muy atractivo. Me gusta observarte sin que te des cuenta, serio y concentrado.

Pero, lo mejor de los ojos es que son capaces de transmitir miles, millones de imágenes, que después se quedan grabadas en mi memoria y que, voluntaria o involuntariamente, me persiguen a lo largo del día. Esas imágenes son las que suscitan miles de pensamientos, sensaciones, sentimientos e, inevitablemente, palabras.

Y, para terminar este post, utilizo unas palabras de La vida es sueño, de Calderón de la Barca que leí por primera vez allá por el 94. No tienen la gracia ni la elegancia de los poetas del club de los corazones oscuros, pero expresan muy bien lo que quiero decir:

"Ojos hidrópicos creo
que mis ojos deben ser;
pues cuando es muerte el beber,
beben más, y desta suerte,
viendo que el ver me da muerte,
estoy muriendo por ver.
Pero véate yo y muera;
que no sé, rendido ya,
si el verte muerte me dá,
el no verte qué me diera".

 P.D. Yo también te echo de menos al escribir este post.

Sabor a ti

 

Es difícil describir un sabor y, más aún, transmitir a qué sabe el cuerpo de alguien. ¿A qué sabes? No lo sé, no me importa, no me preocupa… Sólo sé que me excita enormemente recorrerte con mi lengua, con mis labios, quedarme con ese recuerdo y aprovecharlo en mis momentos de soledad y ensimismación. Degustarte, paladearte, disfrutarte… forman ahora parte de mi vida y me gusta.

Cada vez que tus labios se posan sobre los míos, siento tu sabor clavado en mi boca, penetrándome. Tu sabor, que me persigue, agrada y altera. Tu sabor, cálido, despertando todos mis sentidos.

No sé si lo haces a propósito. Por si no tuvieras suficiente con dejarme tu olor y torturarme con el roce de tu piel, está también tu sabor, clandestino, fijándose en mis recuerdos.

No quiero pensar, no quiero hacerme preguntas ni que me las hagan, sólo quiero quitarte la ropa y saborearte con calma…

Tacto

 

El tacto es un sentido múltiple. Es decir, por un lado sientes el tacto de la otra persona, por otro, las reacciones de tu propia piel con su contacto  y, por último -aunque todo al mismo tiempo- la sensación de la fusión de ambos tactos. Me sorprendió tu delicadeza. Quizás la falta de costumbre, pero sentía cada uno de tus roces como una leve caricia que me recorría todo el cuerpo. Tu piel se me antojaba suave, firme, sugerente, sensual… La mía se estremecía con cada movimiento.

Nuestro primer contacto estuvo marcado por el tacto. Primero, un ligero acercamiento. Después, tus manos se posaron sobre mis hombros. Pensé que eran cálidas y me mantuve expectante, esperando el siguiente paso. Estaba un poco tensa, pero aún así, me gustaba sentirlas. Es curioso comprobar cómo percibir el leve roce de la yema de tus dedos sobre mi piel me llenaba de sensaciones. Sin prisas.

Después llegaron tus labios. Mucho más suaves aún que tus manos. Los esperaba distintos, más rudos y resultaron sutiles y humectantes. Me dejé llevar por un mundo lleno de sensaciones. Me gustó tocarte, me hubiera pasado así horas, sin preocuparme del tiempo ni de obligaciones. Mis labios sobre tu cuello, tan sugerente…

Sólo recordar lo que me provocó tu cuerpo me remonta una noche en blanco en mi vida…Te fuíste dejándome el tacto de tu cara sobre la mía. Ligeramente áspera y al mismo tiempo suave, como todo en tí. Difícil mantener la calma con tanto estímulo.

Olor

Me desperté con su aroma impregnado en mi cuerpo. Cuando fui consciente de ello, me di cuenta de que estaba sonriendo. Me quedé en el sofá disfrutando de su olor mientras hacía un excitante repaso por la noche anterior. Me encantó.

Su olor es como él, probablemente por eso me guste tanto. Es cálido, amigable, lascivo, intrigante y personal. Es seductor sin llegar a ser obsceno, erótico sin sobrepasar la línea de lo pornográfico y respetuoso sin ser timorato.

Pensar en su olor me hace recordar irremediablemente su piel rozando la mía, sus labios sobre mi cuerpo, sus ojos clavados en los míos…